Consideremos esta necesidad de <<hacer algo>> con un ejemplo ilustrativo. En los años treinta se presentaron 389 niños a varios médicos de la ciudad de Nueva York que recomendaron amigdalectomías a 174 de ellos. Los 215 niños restantes se presentaron a otros facultativos que aconsejaron la misma operación a 99. Cuando otros médicos examinaron a los 116 niños restantes, recomendaron la intervención a 52. Si tenemos presente que la morbosidad es de un 2% a un 4% (estas cifras corresponden a la actualidad porque los riesgos de la cirugía eran muy elevados en esa época) y que se produce una muerte por cada 15.000 intervenciones, nos haremos una idea del punto de equilibrio entre los beneficios y los perjuicios desde el punto de vista médico.

En este ejemplo podemos ver un homicidio probabilístico en acción. Cada niño se somete a una operación quirúrjica innecesaria ve reducida su esperanza de vida. Y este ejemplo no solo nos da una idea del daño causado por quienes llevan a cabo la intervención; peor aún, ilustra la falta de conciencia de la necesidad de hallar un punto de equilibrio entre beneficios y perjuicios.

Llamaremos <<intervencionismo ingenuo>> a esta necesidad de ayudar. Veamos ahora sus costes.

Intervención e iatrogenia 

En el caso de las amigdalectomías, al perjuicio causado a los niños que fueron intervenidos innecesariamente se le unió el muy pregonado beneficio para otros niños. Esta pérdida neta, el hecho de que un tratamiento provoque más perjuicios (normalmente ocultos o latentes) que beneficios, se llama <<iatrogenia>>, que literalmente significa ‘causado por el sanador’ y deriva de la palabra griega para sanador, iatros. En el capítulo 21 plantearemos que cada vez que vamos al médico y salimos con un tratamiento en la mano corremos el riesgo de sufrir daño médico, un riesgo que se debería analizar igual que cualquier otro: calculando la diferencia probabilística entre los beneficios y los costes.

Podemos ver un ejemplo clásico de iatrogenia en la muerte del presidente estadounidense George Washington en diciembre de 1799: tenemos pruebas suficientes de que sus médicos contribuyeron a su muerte, o de que al menos la aceleraron, mediante el tratamiento entonces habitual que incluía la realización de sangrías (extraer de dos a cuatro litros de sangre).

Resulta que el daño causado por los facultativos se puede pasar tanto por alto que, dependiendo de cómo lo calculemos, el balance de la medicina fue en gran parte negativo hasta la aparición de la penicilina: el mero hecho de acudir al médico aumentaba la probabilidades de morir. También es revelador que la iatrogenia médica aparentemente aumentara con el tiempo, a la par que el conocimiento, hasta alcanzar su máximo hacia finales del siglo XIX. Demos, pues, las gracias a la modernidad: fue el <<progreso científico>>, con la aparición de la clínica – que sustituyó a los remedios caseros -, lo que hizo que se dispararan  los índices de mortalidad a causa de lo que entonces se llamaba <<fiebre de hospital>>: Leibniz llamó a aquellos hospitales seminaria mortis,  semilleros de muerte. Las pruebas del aumento de aumento de los índices de mortalidad no podían ser más claras porque todas las víctimas se reunían en el mismo lugar: en aquellas instituciones morían personas que habrían sobrevivido fuera de ellas. Un médico astrohúngaro muy denostado en su época, el doctor Ignaz Semmelweis, había observado que durante el parto morían más mujeres en los hospitales que en la calle. Llamó con toda la razón <<banda de criminales>> a los médicos que seguían matando pacientes al no aceptar sus datos porque <<carecía de una teoría>> para sus observaciones. Semmelweis cayó en un estado de depresión, impotente para detener a los que consideraba asesinos y asqueado ante la actitud del establishment. Al final acabó manicomio donde murió, irónicamente, de la misma fiebre de hospital sobre la que había estado avisando.

La historia de Semmelweis es triste: un hombre que fue castigado y humillado hasta su muerte por haber proclamado la verdad con el fin de salvar a otros. El peor castigo fue su impotencia ante aquellos peligros e injusticias. Pero su historia también tiene una cara positiva porque la verdad acabó saliendo a la luz y su misión dio fruto, aunque con algún retraso. La moraleja es que nadie nos honrará con laureles por decir la verdad.

Comparativamente, la medicina es la cara buena, quizá la única, de la iatrogenia. Vemos el problema en ella porque ya empieza a estar bajo control; ahora no es más que otro caso de lo que llamamos <<el coste de los negocios>>, aunque los errores médicos siguen matanto entre tres veces (la cifra que aceptan los médicos) y diez veces el número de personas que mueren en accidentes de tráfico en los Estados Unidos. En general se acepta que hay más muertes debidas a errores médicos – sin incluir las infecciones hospitalarias – que a cualquier clase de cáncer. La metodología utilizada por el establishment médico para tomar decisiones sigue adoleciendo de unos principios adecuados para la gestión de riesgos, pero a pesar de su actitud tan ingenua a este respecto la medicina está mejorando. Lo que también nos debe preocupar es la incitación a la sobremedicación por parte de las empresas farmacéuticas, los lobbies y los grupos de interés especial, y los perjuicios que no destacan a primera vista y que no cuentan como <<errores>>. El sector farmacéutico se dedica a jugar con la iatrogenia oculta y la iatrogenia distribuida, que han ido en aumento. Es fácil evaluar la iatrogenia cuando un cirujano amputa la pierna que no es u opera el riñón equivocado o cuando el paciente muere por la reacción a un fármaco.

Pero cuando medicamos a un niño por un trastorno mental imaginario o inventado como el TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) o por una depresión, en lugar de sacarlo de la jaula, no se puede hablar del perjuicio a largo plazo. La iatrogenia va acompañada del llamado <<problema del agente>> o <<problema del agente-principal>>, que se plantea cuando una parte (el agente) tiene intereses personales que no coinciden con los de quienes usan sus servicios (el <<principal>>). Por ejemplo se plantea un problema de agente cuando un médico o agente de bolsa miran por su cuenta corriente y no por nuestra salud física o financiera, respectivamente, y sus consejos buscan su propio beneficio. Lo mismo se puede decir de los políticos que solo se preocupan por su carrera.

 

Extracto del capítulo 7 del libro Antifrágil de Nassim Nicholas Taleb.